12 de agosto de 2025

Casa Combelles, una ventana a la Cardona del XIX

La larga historia de la villa de Cardona nos ha dejado infinidad de elementos patrimoniales dignos de ser estudiados, visitados y contados. Muchos de estos tesoros pueden verse a simple vista, otros son preciosos rincones medio escondidos, pero algunos quedan completamente ocultos, y su descubrimiento es un pasaporte por un viaje expreso a épocas pretéritas.

Es el caso de la llamada Casa Combelles, en la calle Major, que bien podría ser el escenario de una serie televisiva de ambiente victoriano, de aquellas que combinan lujo y miseria para narrar el ascenso y la decadencia de una gran alcurnia en los siglos XVIII y XIX. La casa se puede visitar en horas concertadas gracias a un acuerdo entre la Fundación Cardona Histórica y la propiedad.

El edificio en sí, situado en el número 17 de la antigua calle Cavallers (ahora calle Mayor) es la unión de tres casas independientes, entre la misma calle Mayor y la calle de les Flors, y nos puede pasar completamente desapercibido si no hacemos el esfuerzo de levantar la vista y fijarnos en las fachadas. En ésta, medio borrados por el paso del tiempo, podremos distinguir elementos decorativos entre balcones, escudos y pinturas ornamentales que en algún momento indicaban que dentro vivía alguien importante.

Una estirpe poderosa

Los Combelles llegaron a Cardona, provenientes de Francia, a mediados del siglo XVII. Con diferentes oficios y matrimonios, las sucesivas generaciones de la familia se fueron haciendo un hueco entre las clases acomodadas de la villa. El tercer heredero de la estirpe, Domenec Combelles y Clusa, blanco y sazonador de oficio, fue quien compró la primera de las casas de la calle Major en 1729, y su hijo Joan Antoni añadió las otras dos en 1774 y 1793. Justamente, este tal Joan Antoni Combelles y Fars fue oficios familiares para invertir en operaciones financieras que le convirtieron en uno de los negociantes Cardonins con mayor proyección del último cuarto del siglo XVIII.

Al cruzar la puerta de la calle ya vemos que se trata de una casa importante. Aparte de la escalera, ancha y señorial, custodiada por dos columnas, podemos ver una caballeriza y un abrevadero. Además, el suelo de esta entrada conserva el pavimento original, seguramente el que en 1799 pisó Domènec Combelles i Botines (hijo de Joan Antoni y nieto del otro Domènec) después de su boda con Teresa Merli, hermana del prestigioso doctor Ramon Merli.

Este enlace significó, de facto, la unión de dos de las familias más importantes de Cardona y sus alrededores, y era el inicio de unos años de esplendor para el apellido Combelles, a pesar de las derrotas personales de algunos de sus miembros. Teresa y Domènec tuvieron tres hijos, de nombres Ramon, Agnès y Maria, y es fácil imaginárselos persiguiéndose al patio interior, el primero que nos encontramos una vez cruzamos el recibidor de la primera planta. Un patio no muy grande, pero con excepcional luminosidad y el impluvio, que aseguraba el agua necesaria para el día a día de la casa. Desde aquí accedemos a la cocina, con detalles francamente curiosos, con un mosaico de San Antonio de Padua colgado sobre la chimenea, o la cocina de leña que el servicio debía utilizar para los guisos del día a día.

La vida familiar de los tres pequeños Combelles cambió radicalmente en 1809, cuando el padre y la madre murieron con pocos meses de diferencia, víctimas de la fiebre amarilla. Los niños quedaron bajo la tutela de su abuela, que también murió en otoño del mismo año, por lo que la tutoría legal recayó en su tío materno, el prestigioso Doctor Merli, que se convirtió en administrador de los corderos de la familia hasta que Ramón se convirtió en mayor de edad, a los veinticinco años. El conocido médico seguramente incidió decisivamente en la educación de los tres hermanos, y en especial de Ramon, el heredero de la casa Combelles.

Aún en el patio, que también hace de distribuidor, y antes de entrar en la zona noble de la casa, todavía podemos detenernos en el estudio-biblioteca, donde seguramente el joven Ramón pasaba horas estudiando antes de ir a estudiar a la Universidad de Cervera, donde se graduó de bachiller en filosofía en 1824. Aún así, seguramente, seguramente licenciarse a la edad de 27 años.

Un año más tarde, se casaría con Rosa Casas, hija de Joan Casas y Villarubia, barcelonés fabricante de indianas, miembro de la más alta burguesía de la ciudad y emparentado, por ejemplo, con Jover (Banca Jover) o con el pintor Ramon Casas. Ramón y Rosa tuvieron ocho hijos, y todos nacieron y crecieron en el ya opulento casal noble familiar.

El auténtico lujo conservado de la casa Combelles lo encontramos al entrar en el ala norte del edificio, la que comunica con la calle Major. Después de un pequeño vestíbulo, donde ya podemos intuir una cómoda de factura ciertamente distinguida, entramos en el amplio salón comedor donde la suntuosidad de los detalles nos acerca un poco más a la posición de la familia. La pintura de las paredes, las cenefas junto al techo de gran altura, y el mobiliario nos dan una idea de la opulencia con la que debían estar decoradas el resto de las estancias. Destaca un auténtico sofá victoriano, hecho con madera de caoba y acolchado de color burdeos, y otros muebles sostenidos con patas cabriolé, típica de la época. Las cajoneras y los escaparates son de madera trabajada, con incrustaciones metálicas y con superficies de mármol.

Los estragos de la guerra

Aunque pueda parecer que Ramon Combelles podía vivir tranquilamente de las rentas de la fortuna y negocios familiares, lo cierto es que al hacerse cargo de la herencia ya la encontró ligeramente desmejorada, en parte por la dudosa administración que había hecho su tío y tutor, motivo de ciertas tensiones entre ambos. Además, Ramon tampoco tuvo el cuidado necesario para mantener y aumentar el patrimonio familiar. Los gastos superfluos y el descuido de las tierras, mermaban poco a poco su riqueza, pero el auténtico desastre por la economía de los Combelles llegó con el estallido de las guerras carlistas.

Ramon Combelles era partidario de la causa progresista, la de la reina Isabel, frente a la tradicionalista defendida, sobre todo, por el campesinado y el mundo rural, mucho más conservadores. Independientemente de su labor política en favor del bando liberal (llegó a ser alcalde de Cardona), lo que destrozó su economía fue el conflicto armado en sí, ya que muchas de sus propiedades fueron atacadas por carlistas, al tiempo que el bloqueo de suministros dejaron la villa en un “estado de miseria y abatimiento” las autoridades del país.

Pasada la guerra, Ramon Combelles, ya con graves problemas de salud, debió pasar largas jornadas en su habitación, una de las dos a las que se accede desde el lujoso salón-comedor. Es una habitación bastante grande, y de entrada vemos un par de butacas de aspecto victoriano, con la típica alcoba, la pequeña estancia medio independiente donde está la gran cama de matrimonio, donde seguramente Ramón puso fin a sus días, el cuatro de enero de 1852.

Hay edificios y monumentos que requieren un esfuerzo de imaginación para entender qué pasaba en su interior. No es el caso de la casa Combelles, el hecho de no residir en ella durante muchos años, y el cuidado que han tenido los sucesivos herederos (la línea Combelles no se rompe en ningún momento, aunque los actuales propietarios no se llaman), nos hace inmersos en una auténtica reunión de la sociedad cardonina del siglo XIX. Al votante de la mesa, sentados en el sofá victoriano, apoyados en las cajoneras de caoba, veremos a los personajes más importantes de una época primordial de la historia de la villa.

La Casa Combelles no es sólo una construcción imponente en el corazón de Cardona, sino un testimonio silencioso de un pasado que todavía resuena entre sus paredes. Visitarla es cómo atravesar un puente entre siglos, donde cada detalle, cada estancia y cada historia familiar nos hablan de una época en la que el progreso, el sufrimiento y la belleza convivían dentro de un mismo techo.

Mantener viva la memoria de esta casa es, en definitiva, preservar un pedazo de la historia de la villa, de esa Cardona que, pese al paso del tiempo, se mantiene presente en sus rincones más genuinos.